3.12.19

Mensaje para el lanzamiento de mi libro

Son muchas las sensaciones que se juntan, se separan, se destacan y combaten al mismo tiempo. Mi primer libro vio la luz. Fallidos Editores se tomó la molestia de revisarlo y decidió arriesgarse a publicarlo.
Dicen por ahí que uno no es escritor por publicar un libro, que un libro lo publica cualquiera, que publicar el segundo es el reto, y de tener una carrera como escritor casi nunca se dicen las bondades, sólo se habla de las múltiples complicaciones que uno debe encarar si quiere proseguir.
Desde hace tantos años me enamoré de las letras que uno creería que a estas alturas del partido ya tendría más publicaciones, pero no. Nunca la había considerado mi profesión, siempre había sido un pasatiempo y aunque sabía que podía ser más que eso, nunca le di la oportunidad. Tal vez por no confiar lo suficiente en mi “talento” para escribir, o para imaginar, o tal vez porque en mi cabeza estaba bien incrustada esa frase “se va a morir de hambre”. La respuesta nadie la sabe con certeza, pero que lo mío es escribir, es para mí más claro que una noche de luna llena, porque de todas las actividades y oficios que he probado, esta es la que más me encaja, la que más me permite ser libre.
Gracias a una publicación en una red social vi la convocatoria y pensé, “puedo enviar algo a ver qué pasa”. Estaba en Capurganá, empecé a crear en mi mente historias y logré escribir algunos cuentos de todo mi gusto. Sin embargo, como buena procrastinadora me relajé y el tiempo fue pasando. Un día recordé una historia que había sido una cúspide en mis retos como escritora ociosa y pensé que sería una buena oportunidad para evaluarla, para que ojos y mentes ajenos a mi círculo social decidieran si había valido o no la pena el ejercicio desde el punto de vista literario.
Meses después -creo-, recibí un correo notificando la preselección de la obra. Casi lloro, salté de emoción y en mi mente se abrieron todas las puertas y ventanas hacia la posibilidad de continuar escribiendo más que por ocio, por vocación. Pensé que si me daba la oportunidad podría desarrollar una carrera en este oficio y sentí verdadera felicidad, emoción sincera, ansiedad y mucho optimismo.
Ni que digo del momento en que recibí el correo a las 8:30 de la noche diciendo que mi trabajo había sido seleccionado como ganador y que la editorial quería publicarme. Estallé, mis átomos volaron por el aire y mi magnetismo los volvió a unir en un éxtasis como pocos. Fue una de las noticias más importantes que recibí en mi vida. Le habían dado el visto bueno a esa historia, a alguien le parecía que valía la pena ser publicada, ser leída por más personas, qué honor, qué orgullo, qué responsabilidad tenía mi obra de ahí en adelante sin saberlo, porque para mí es importante que si alguien va a leer algo que salió de mi interior, debe ser algo que para esa persona valga la pena el tiempo invertido, que le aporte, que no le quite.
Sé que mi libro no les gustará a todos, no existe una obra literaria que a cada persona que la haya leído le haya gustado, pero espero que sean más los beneficiados que los disgustados. Espero, y aunque no me gusta ese verbo, lo hago.
Nunca me había puesto en una posición tan vulnerable. Quienes han leído mi blog han podido entrar en mi universo mental, quienes me han escuchado cantar también han podido percibir algo de mí, pero esta vez se siente diferente. Seré juzgada por una obra, y aunque estoy segura de que no es la mejor que he hecho, es la primera con la que me tiro al agua sola y seguramente en algunos causará revuelo.
Cuando caí en cuenta que esta historia sería publicada pensé en mi familia, cómo puede ser que el primer libro que tengan mío sea este, con este tema, con estos detalles, con esta explicitud. Sentí ansiedad, me abrumó algo muy parecido al miedo, más precisamente miedo a decepcionarlos. Sin embargo, respeto y apelo a mi autenticidad, mi irreverencia y a mi forma de ser, por lo que me paro frente a ellos y a todos ustedes como una orgullosa mamá de su hijo atrevido, y he resuelto que no es problema mío lo que le cause mi obra a ninguno.
En cada uno de ustedes está la libertad de leerme o de cerrar el libro, tirarlo indignado al reciclaje -por favor no lo vaya a mezclar con el resto de basura- o regalarlo. Guiño, guiño.
Con todo mi corazón les doy las gracias por estar aquí, por acompañarme en un momento tan significativo, me hace muy feliz recibir de ustedes tanta energía bonita, mi sonrisa y plenitud de esta noche están patrocinadas por su amor y su presencia.
Diciembre 3 de 2019
Share:

2.12.19

27.11.19

15.11.19

Cualquiera menos él


Él no era el tipo de personas que cuando la cagan, los demás dicen que lo veían venir o que era de esperarse. Había sido tan buena gente durante toda su vida que, cuando se destapó el daño, pocos podían creer que hubiese podido ser él. Muy pocos dijeron que se veía venir, no falta el amarillista que encuentra en todos algo tan podrido como su propia mente. La mayoría quedaron asombrados.

Tenía buenos amigos, no muchos, aunque en su medio era popular, pero eran muy buenos. Venía de una familia disfuncional -como es normal-, papás divorciados, hermanita pequeña, un perro de animal de compañía que el papá le había comprado a la niña, cuando supo que se tendría que ir de casa, para mantenerla entretenida en su ausencia. La mamá se había enfocado agresivamente en las plantas abandonadas que tenía en el balcón, tal vez era como si al revivirlas pudiera revivir esa parte que se moría con la separación. Y él se había dedicado a trabajar en su taller, día y noche producía y producía arte sin descanso, porque ya estaba grande y sabía que iba a tener que ponerse los pantalones para lograr aportar esa dosis de testosterona que iba a ser necesaria en la casa, para mantener alguna especie de equilibrio, al lado de dos mujeres que estaban empezando a vivir como no habían vivido nunca, porque los papás se juntaron tan jóvenes que a la mamá se le había olvidado vivir sin el papá tras veintisiete años de matrimonio.

Cuando salía del taller a vender sus obras de arte le iba muy bien, porque no era como esos pobres artesanos que salen a mendigar tres pesos por sus trabajos, no, este conocía su valor y tenía buen verbo y muy buenos contactos que le ayudaban a correr la voz de una nueva venta de su obra abierta al público.

Había en su vida una mujer con quien no mantenía algo serio, aunque la dejaba decir a la gente que era su novia, no se sabe si por querer sentirse parte de algo más o por ahorrarse los berrinches de ella. Cuando uno tiene tanta batalla para lidiar prefiere dejar que lo insignificante pase desapercibido en su mar mental.

A una de sus exposiciones relámpago llegó su papá caminando con una muchacha muy joven pegada de su brazo. Se la presentó como una amiga, pero él supo que esa manera descarada de sonreír juntos era una complicidad que mostraba más que una amistad. Estaba conociendo a la nueva mujer de su papá, quien recientemente había dejado su casa, donde vivía con su familia y sintió que la sangre se le recalentó en el cuerpo y lo recorrió con fuerza, galopando como un caballo que se siente amenazado y necesita escapar.

A su “novia” le dijo que con lo que había ganado vendiendo sus esculturas tenía pensado viajar unos días a algún lugar tranquilo, una montaña o una playa, para liberarse un poco de su desbaratada familia y renovar su arte. Ella entendió que no estaba invitada al retiro y que lo volvería a ver a su regreso, como él le aseguró.

Se consiguió una cabaña a dos horas de la ciudad en una zona montañosa, un lugar muy amplio, lleno de árboles y plantas de la región. Muy bonito y, sobre todo, muy solo, era justamente lo que quería, lo que sentía que necesitaba para descansar.

__________



Ella estaba distraída leyendo anuncios en la pared del elevador mientras bajaba al piso uno para ir a su coche, la puerta se abrió y entraron tres hombres, ella se exaltó y pensó en bajarse pero al darse cuenta que aún no llegaba al piso que necesitaba, los saludó con una sonrisa y se concentró mirando su teléfono, estaba a tiempo para ir a encontrarse con su novio en un café que habían inaugurado recientemente en una callecita pequeña y recóndita de la ciudad, de esas que siempre que uno las conoce lo hacen sentir mejor y hasta más culto. Una calle hermosa con un nuevo café era el sitio perfecto para disfrutar juntos su compañía, sin miradas recriminatorias de personas que conocían a su novio como un hombre de familia y no como la pareja de una jovencita.

La tomaron por sorpresa, tanto que no se dio cuenta cuál de los tres la agarró por la espalda, cuál de los tres le puso algo como una bolsa de tela negra en la cabeza, ni cuál de los tres detuvo el ascensor mientras ocurría rápidamente el ataque. No tuvo tiempo de pensar, tampoco de gritar, solo pudo respirar el aire amargo que se filtraba a través de la tela que se adhería a su boca en cada inhalación.

Cuando despertó estaba en una habitación iluminada, el aire era frío, a su alrededor no había nada, estaba amarrada a una silla y se sentía mareada, con el cuerpo pesado, similar a lo que se siente al despertar después de una cirugía. Afuera de las ventanas podía ver árboles y plantas, le parecía un paisaje común de la región donde habitaba, pero no veía nada que le diera más indicaciones. Intentó moverse, pero las sogas que la detenían estaban atadas firmemente y no se movieron ni un centímetro, quiso llorar, quiso gritar, estaba muy asustada, no entendía qué estaba pasando, mucho menos por qué estaba pasando. Tenía un breve recuerdo de los tres hombres que la habían atacado, pero no los conocía, entonces no encontraba sentido a la situación en la que estaba metida. Metida, si, como la metieron en una maleta de un carro, como se había metido su novio en su vida, sin permiso, sin aviso, sin más ni más.

Perdida en el tiempo por fin lloró desesperada, intentó gritar, pero la voz no le salía con mucha fuerza y de tanto tratar de liberarse sentía sus brazos y sus piernas lastimadas. Como un animal recién capturado, enloqueció amarrada en esa silla que era su jaula, sacudiéndose con fuerza sin lograr nada más que lastimarse. Finalmente se cansó y resignada decidió dejar de luchar.

Tenía el cabello castaño, largo, no era muy flaca, tampoco muy alta, sus ojos eran hermosos y su sonrisa amplia mostraba unos dientes muy bonitos. Uno que otro lunar adornaba su cuerpo y en conjunto era una mujer hermosa, muy normal, hasta sencilla en su forma de vestir, descomplicada porque para complicaciones ya tenía la vida misma, especialmente desde que conoció a ese hombre que era muchos años mayor que ella, pero que entró en su vida con deseos de conquistarla, cautivándola con su experiencia y su juego con ella.

Pensando en todo y en nada la encontró un hombre joven, sentada en la silla en que la había amarrado, desgastada, lastimada, con la cabeza sobre el pecho, con apariencia destrozada. Entró por una puerta que ella no podía ver porque estaba detrás de ella y caminó despacio, sin decirle nada se acercó a ella y la vio estremecerse cuando sus ojos se encontraron, reconocerlo le había infundido terror en la mirada, en vez de tranquilidad. Sollozando le preguntó por qué ella estaba ahí, qué estaba pasando. Sólo lo había visto una vez en una de sus exposiciones y no lo conocía realmente porque su padre no hablaba mucho de él o de su familia, pero le pidió ayuda, con toda la esperanza puesta en que él fuera su salvador, se podía haber imaginado ser víctima de cualquiera, cualquiera menos él.

Semanas más tarde regresó a casa con obras nuevas, frescas, renovadas, las mejores que había hecho en su vida, listas para ser vendidas.

Nadie supo nunca por qué la novia del papá no volvió, ni tampoco por qué en sus esculturas percibían un aire de color granate que le daba un toque especial de “vida” a cada obra.
Share:

Crímenes callejeros

Una madrugada cualquiera empezaron a llegar reportes a la policía de indigentes muertos encontrados en las calles. La policía de la ciudad, ocupada en sabrá ella qué cosas, mandó a recoger los cadáveres para hacerles el proceso de notificación a los familiares -de los que encontraran-, pero no se molestó en abrir investigación alguna. La muerte de un indigente no amerita mayor molestia, se notifica, se entierra y listo, “muerto el perro se acabó la rabia”, como dicen. Atribuyeron los hechos a la oleada de lluvias fuertes que se habían estado presentando en la ciudad, al consumo excesivo de sustancias tóxicas, a que así lo quiso Dios, o a la vida misma. 
No fueron muchos, nadie preguntó por ellos, los periodistas ni se mosquearon en reportarlo, fueron un montón de muertos ignorados, tanto como habían vivido sus vidas en la calle. 
La ciudad era grande, una metrópolis en el “país del sagrado corazón”, llena de gente, de carros, de ruido, de mugre, de violencia, de caos y peligros. En ella los oficiales del cuerpo de policía parecían no dar abasto, porque cada vez que alguien reportaba un robo o un crimen, ellos aparecían horas después, cuando ya la víctima había sido tranquilizada a punta de calmantes, o cuando el ladrón ya había tenido tiempo de vender lo que fuera que hubiese robado. 
De vez en cuando aparecía un indigente muerto, reportado por algún colega suyo a las respectivas autoridades, quienes hacían lo mismo de siempre, es decir, enterrarlo y nada más. Los únicos que se preocupaban -momentáneamente- eran los mismos habitantes de la calle. Algunos se asustaban el tiempo que el pegante se demoraba en hacer efecto, otros eran paranoicos y se empecinaban en vociferar a sus vecinos que había plagas que el gobierno había creado para deshacerse de ellos, y otros simplemente no hacían nada, ni les importaba. 
La delgada línea entre la vida y la muerte a menudo es cruzada por estos seres humanos que por alguna razón han encontrado en las calles el refugio donde esperar a que finalmente el tiempo se les acabe y la muerte los alcance. Morir realmente no los asusta porque para la mayoría, vivir como su día a día suena peor que no vivir más. 
Otra madrugada fría cualquiera, se llenó la policía de llamadas avisando que se habían encontrado cadáveres de indigentes regados por toda la ciudad. Más de veinte. Esta vez la policía no pudo hacer caso omiso de los crímenes y al señor jefe le tocó abrir una investigación. Ya no se podía culpar la lluvia, ni la droga, ya había algo que no encajaba porque los genocidios no ocurren por obra y gracia del que ya sabemos. 
Se tomaron el tiempo de hacer autopsia a cada uno de los cadáveres y a los forenses les costó muchísimo aislar el culpable de dichos crímenes, porque la cantidad y variedad de sustancias y cosas que había en esos cuerpos era exagerada. Supieron que tenían que buscar en el interior de los cuerpos porque a pesar de que las heridas que algunos mostraban eran de considerar, no todos las presentaban. Algunos tenían heridas de bala, cortes profundos, objetos enterrados en sus cuerpos, moretones y contusiones. Las riñas en las que los habitantes de la calle suelen encontrarse pueden tornarse muy violentas, pero esa no podía ser la razón de tanto difunto al mismo tiempo, a no ser que se hubieran encontrado todos a darse golpes hasta la muerte, lo cual no podía ser porque los cadáveres no estaban concentrados en un solo punto de la ciudad. 
Pasaron días y en las noticias habían dejado de mencionar el tema de los asesinatos. Él se sentía satisfecho, creía firmemente que lo que estaba haciendo era una obra de caridad para los habitantes de la calle y para la ciudad. Para él, los indigentes eran errores de dios que debían ser enmendados, como un residuo que quedaba de la creación de hermosas sociedades que debía ser limpiado. La basura, lo que nadie quiere ver, lo que nadie quiere lidiar, él se estaba haciendo cargo. 
En su mente lo habría finiquitado de no ser porque se sintió tan contento de avanzar en su misión, que decidió llamar a varias emisoras para exponer su aprobación y apoyo a dicha “labor de limpieza”. Estaba tan comprometido con su causa, tan enceguecido por su verdad que no pensó que, predicar a viva voz las razones y las ventajas que veía para la sociedad lo que estaba pasando con los habitantes de la calle, podría suponerle un problema. 
El reporte de los hallazgos en los cuerpos fue emitido en todos los medios de comunicación en la ciudad. En todos ellos se encontraron restos de sánduches que habían sido envenenados para causar rápidamente la muerte de estas personas que, ilusamente, recibían con gran agradecimiento el gesto del extraño. Para ellos eso era común y para él era normal eliminarlos sin mucho sufrimiento, porque defectuosos, pero obra de su dios al fin y al cabo. 
La situación creó enfrentamientos de opiniones públicas, como siempre pasa en todo lo que pasa. Algunos parecían estar de acuerdo y hasta ofrecían llevar a algún lugar ingredientes al autor para ayudarlo, en cambio otros se mostraban fuertemente indignados y pedían a la policía actuar rápidamente para detener los asesinatos. 
Una madrugada como cualquier otra, en la policía se recibieron llamadas de ciudadanos mostrando gestos de felicitación y en las noticias de última hora informaron que en la noche anterior, agentes habían entrado por la fuerza a la casa del loco que hacía sánduches y los repartía a cuanto indigente se encontrara a su paso por la ciudad.
Share:

6.10.19

1 año sin Hernán

Lo que más me gusta de este día es que no tengo que pretender, sino que puedo estar vuelta mierda y nadie me dice nada. Excepto mi familia, ellos no ven bien que llore, así sienta minuto a minuto que se repite la mierda que viví el año pasado y eso me destroce por dentro. No lo ven bien, por eso no los visito, porque odio que me digan que no debo llorar. Llorar o no es mi problema. Mis sentimientos y pensamientos son mi asunto y su opinión no me ayuda para nada a lidiarlos de manera sana. No es sano inundarse en lágrimas, no es sano atrapar la tristeza y todos los sentimientos que me abruman, día a día o año a año. Suficiente tengo con mi propio desbalance químico para seguir viviendo atragantada con tristeza.
En conclusión, todo el que no entienda que voy a llorar hasta que no tenga más lágrimas, que me voy a sentir mal hasta que empiece a sentirme bien, puede irse tranquilamente a tomar por culo.   
Share:

17.5.19

El niño inmigrante


La noche estaba oscura, más de lo que le había parecido en su vida. El mar estaba picado, grandes olas los sacudían y los demás casi gritaban por los bruscos movimientos. Él iba refugiado en los brazos de su madre, mirando al cielo, intentando buscar estrellas que se pareciesen a las que veía en su casa, pero poco lograba ver fuera de nubes grises, casi blancas, que cubrían el cielo que, desde donde se escondía, alcanzaba a mirar.


Pensaba en su casa, de donde habían partido un día sin mucho equipaje y sin recibir mucha explicación, porque al menos a él no le habían dicho nada más que se abrigara bien y llevara consigo su muñeco favorito, pero eso era normal en sus padres, siempre le daban órdenes y a él no le daban mucha oportunidad de protestar. Obedeciendo se puso ropa abrigada y buscó a Munra, su propia momia hecha de retazos de trapos viejos que había ido consiguiendo en las calles de su pueblo y siguió a sus papás hacia la terminal, donde vería por última vez el polvo y el caos de su pueblo natal.


Llevaban muchos días de travesía, en los que entre lamentos podía escuchar a sus padres hablar de la nueva vida que comenzarían al llegar a su destino, no antes, como si todo lo que habían vivido hasta su partida no contara, como un sueño, o mejor una pesadilla.  Él no entendía bien, su niñez había sido como la de todos los niños que conocía, a pesar de la violencia y los gritos que tan a menudo lo hacían correr para buscar refugio en casa, donde siempre encontraba amor, pan para compartir y juegos para inventar. Nunca se había sentido especial ni damnificado, ni pobre ni desafortunado. No se imaginaba por qué habían dejado todo atrás y ahora estaban en una lancha en medio de la noche, rodeados de extraños que desde hace días se habían empezado a bajar para quedarse dormidos en el mar.


Habían llegado a una tierra bonita pero extraña, veía muchas cosas de muchos colores y personas con caras muy diferentes que hablaban en idiomas desconocidos y lo miraban como a bicho extraño, a él y a sus papás. Seguía sin entender, pero abrazado a Munra caminaba lo más rápido que podía para mantenerse junto a sus padres, quienes iban buscando entre personas indicaciones, seguramente para llegar a ese destino desconocido en donde sus vidas por fin comenzarían.


Luego de lo que sintió como varias horas de recorrido entre el espesor de la selva, encontraron en medio de la nada un espacio donde descansar un rato, comieron unos trozos de pan que llevaban consigo y se recostaron entre sombras, muy juntos, tal como lo hace una familia asustada en un lugar extraño. Su mamá le susurraba canciones para dormir y él, sin mucho esfuerzo cayó profundo.


Su papá lo despertó poco tiempo después y aunque no sabía exactamente cuánto había dormido se sentía aún cansado, pero el afán que vio a su alrededor lo obligó a incorporarse para continuar caminando junto al grupo. Su mamá le daba ánimos para avanzar, sin embargo, él desconfiaba de su expresión porque ya la había visto varias veces en su tierra natal, cuando la veía asomarse por la puerta de la casa gritándole que corriera adentro porque se escuchaban bombas estallar cerca.


Rápidamente llegaron a una pequeña playa, donde unos hombres los esperaban en un bote. Acosados por los dos hombres se subieron y lentamente el bote se fue apartando de la escondida arena hacia la inmensidad de la oscuridad. De nuevo un bote en la noche, de nuevo caras cansadas de temor, de nuevo distintas voces se escuchaban bajito, de nuevo el sonido de las olas golpeadas por la lancha, de nuevo un cielo gris sin estrellas. Él no lograba ver hacia dónde los llevaban, no había ninguna luz iluminando el camino, pero en la cara de su madre vio una luz de esperanza que lo mantuvo tranquilo, arropado en el suelo aferrado a Munra.


Inventando formas en las nubes pasaba el tiempo, pero de repente algo salió mal, pues se escuchó a uno de los hombres que manejaba el bote gritarle al otro, quien respondió gritando desesperado, alterando a todos los tripulantes, quienes rápidamente miraron hacia donde señalaba alterado el conductor y pudieron percibir el peligro inminente. Iban a gran velocidad contra un enorme acantilado, tan oscuro y tan cerca que había sido imposible verlo sin luz y evitarlo. 


Él no entendía que no había forma de escapar, tampoco entendía por qué los demás estaban saltando desesperados del bote hacia el oscuro mar, mucho menos imaginaba que estaban frente a un choque mortal. Miró a sus papás, que lo abrazaban con fuerza y rezaban con fervor cuando escuchó un ruido fuerte y sintió una sacudida que lo separó de sus padres y lo lanzó al mar. Voces desesperadas, gritos, llantos y clamores se escuchaban con fuerza, él en medio del pánico que lo embargó buscó a sus padres, pero la oscuridad del cielo y el mar no permitieron que los viera. Movía rápidamente sus piernas y brazos, pero cada vez le costaba más mantenerse a flote hasta que el cansancio lo obligó a dejarse llevar por el abrazo frío de una muerte en altamar, lejos de sus papás, lejos de su pueblo, lejos de Munra. Sin entender nada fue una víctima más de los peligrosos viajes de inmigrantes que arriesgan todo para llegar con sus ilusiones a una tierra extraña y ajena con la esperanza de vivir, aunque sea, en paz.


Días de búsqueda de la guardia costera dejaron como resultado restos de una lancha destrozada, cadáveres flotando esparcidos en el mar y una pequeña momia de trapo abrazando rocas en la base del acantilado. Al niño nunca lo pudieron encontrar, a Munra nunca volvería a abrazar.
Share:

6.4.19

Voces ahogadas


En la oscuridad de la playa caminaba sin rumbo, respirando, en un intento de conectarse con su interior para calmar tantas ideas que pasaban rápido, en sentidos contrarios, como en un enfrentamiento entre pandillas. Una balacera de ideas de cualquier calibre, sin mucho objetivo más que aumentar el ruido desesperante con el que aún no había podido aprender a lidiar.


Pocas estrellas se veían, pero no se percataba de ello. La obscuridad no la detenía porque su paseo era tan inconsciente que solo podía percibir su despelote interior. No había Luna, pero si había brisa golpeándole la piel, obligándola a abrazarse para cubrirse un poco del frío que sentía, aunque eran movimientos involuntarios, como cuando el corazón palpita.

Llevaba tantos años huyéndose a si misma que cuando menos pensó, colapsó tanto que ahora tenía el cuerpo deteriorado, la pobre iba por la vida como un robot, o mejor como un zombi, automatizando acciones, ignorando emociones, viviendo sin vida por dentro.


Ya le habían dicho los pocos amigos que le quedaban que debería dedicarse un rato a cuidarse a sí misma en vez de estar trabajando sin descanso en esa aburridora fábrica de estampillas, un lugar que le quitaba tiempo y energía y a cambio le daba sustento y enormes períodos de hacer lo mismo sin descanso. Es que de tanto hacer todo sin pensar, se le fue olvidando pensar, en cualquier cosa, incluso en las cosas en que se debe pensar.

Se veía dejada, ojerosa, delgada, como se ven esas personas a quienes la vida las han golpeado tanto que están en el límite del desgaste, como un enfermo terminal que no está enfermo, pero ella sí que parecía terminal.  


Para ella no era tan extraña su apariencia porque en la fábrica muchos tenían aspecto similar, pero fuera de ese entorno la miraban con lástima, especialmente quienes le tenían aprecio, y es que su vida en escala de grises se había apoderado de su interior y se reflejaba en su aspecto de una manera deprimente a la vista.


Ensimismada, daba tumbos entre las rocas y la arena, lo suficiente para fruncir aún más el ceño, pero no para prestar atención a sus pasos, y así continuó hasta encontrarse caminando en un espolón que había quedado descubierto por la marea baja, atraída sin darse cuenta por la luz de un pequeño faro que levemente señalizaba la cercanía de la costa a las embarcaciones que transitaban por la zona.


La brisa se hacía más fuerte, aunque sólo su piel lo percibía. No sabía ella nada de mareas, mares ni corrientes, lo único que conocía eran estampillas y el ruido de su mente que casi nunca se callaba, recriminándole por gastar su tiempo así, lleno de monotonía, de vacío, de nada.


De tanto andar hipnotizada no se dio cuenta que la marea había empezado a subir, que el espolón había dejado de ser camino de regreso y que ahora estaba atrapada, más que en su mente, en unas cuantas rocas que sobresalían del mar y se escondían cada vez que las olas reventaban contra ellas, mojándola con su paso violento.


Si hubiera querido, no podría haberse fabricado un final más perfecto. Poesía pura era el desenlace de una vida invisible, perdida en la oscuridad, destrozada por la fuerza del mar contra las rocas, tan destructivo como su caos mental. Nadie la vería jamás, nunca más sus voces le volverían a recriminar.
Share:

26.2.19

El cadáver de su tío

Ella peleaba con el cadáver de su tío, intentando cerrar su boca, pero el terco la volvía a abrir.
“A ver pues, cierre la boca”, pero se volvía a abrir.
“¡Que así no, que la cierre pues!”
Le echaba cantaleta, lo intentaba y lo intentaba, como si distrayéndose con la boca del muerto podía contener la tormenta que se acababa de intensificar en su interior. Recordó que a su tía le pusieron un pañuelo para cumplir la misión de cerrarle la boca y con ayuda de la enfermera de turno le puso el pañuelo, pero el berrraco pañuelo se corría de sitio y la boca regresaba a su indeseada posición.
“Ah, es que los muertos se ven muy feos con la boca abierta, parece como si se hubieran ido asustados”, era su excusa para seguir molestando al cuerpo inerte de la figura masculina más significativa de toda su vida.
Segundo tras segundo se iba configurando un episodio surrealista, de ver como si el aire fuera ondas lentas y opacas dirigiéndose en todas las direcciones, de mezclar sonidos y palabras con la lluvia y la resignación confusa, de responder con la mente en negro, de vomitar sin nada por dentro, de respirar tan suave que pareciese que el cuerpo quisiera apagarse también.
Ella vio como todo a su alrededor se envolvió en un remolino caótico y lentamente se fue menguando hacia la inexplicable calma de quienes pierden todo y han entrado en un estado de inercia mental.
A él no le tomó fotos, a su tía al morir sí, pero a él no, no se supo por qué. Tal vez porque en la habitación había dos cámaras espías grabando constantemente, y seguro en el fondo pensó que de ahí podría pegarse si algún día quería volverlo a ver en ese último momento en que lo vería físicamente, como si ver una foto de un ser amado justo al morir pudiera servirle de algo diferente a moverle las tripas y abrirle las compuertas a las lágrimas, como si fuera posible borrar de su mente ese momento, esa imagen, esa escena desgarradora como todas las muertes que, aunque anunciadas, se espera que no lleguen nunca.
Y es que cuando se murió la tía todos pensaron que detrás se iba él, porque duraron 21 años de novios y 33 de casados, pero la terquedad de un buen montañero y las ganas de vivir lo dejaron en la tierra por 7 años más. Se veía deteriorado, sí, pero era tan fuerte que seguía sus rutinas, así cada vez viera menos y oyera un poquito más que un sordo, se demoró mucho tiempo en mostrarle al mundo que se estaba quebrantando.
Por eso cuando se puso flaco, desgarbado y de color amarillo, y ella lo llevó a las malas a la sala de urgencias del hospital, todos se asustaron tanto, porque a pesar de lo viejo nunca lo vieron enfermo con algo más que una simple gripa, porque los criados a punta de agua panela y mazamorra nunca se apestan. A las malas porque la cuñada lo llevó unos días antes a otro hospital y se le devolvió para el carro, que porque las sillas eran muy incómodas y él no iba a esperar a que lo atendieran.
Era un grande, no de tamaño porque medía un poco más de metro y medio, pero el espíritu y las ganas de ayudar a todo el mundo no le cabían en el cuerpo, era un “alcahueta crónico”, especialmente con ella. No era su papá, no biológico por lo menos, pero era su papá en realidad. A él le hacía más caso que a cualquiera, a él y a la tía, y no sólo ella sino la familia entera, porque eran la pareja alfa, la cabeza sin descendencia, como un rey y una reina a su extraño modo.
-------------
Fueron muchas mañanas y aún más las tardes que ella estuvo evitando que se le acercaran los buitres, que parecían oler el acercamiento de la muerte y día tras día aparecían de a uno o en manada, sin avisar, para atacar su espíritu decaído, intentando sacarle lo poco que le quedaba de dinero o alguna propiedad. Él había sido muy rico y esos buitres seguramente estaban convencidos que en esos últimos meses lo seguía siendo, porque le hacían insinuaciones descaradas que la hacían estremecer, insultarlos mentalmente y preparar su opinión para dársela a él en el momento indicado después de que esos asquerosos se fueran.  Ella lo protegía, así como él la había protegido desde antes de nacer.
“Ya llegó otro de estos desgraciados a drenarle lo que le queda cual vaca a la que le sacan hasta la última gota”, pensaba cuando escuchaba a alguien saludar a la entrada de la casa, e inmediatamente se acomodaba mejor en la silla reclinable que había junto a su cama, para evitar que uno de ellos se sintiera cómodo y se quedara mucho tiempo hablándole pendejadas.
Es que esa gente que se siembra en una silla a visitar a una persona enferma no tiene consideración alguna, uno bien maluco, con dolor hasta en el pelo y otro al lado hable que hable, como si un paciente terminal tuviera interés en las vidas de los “chupa tintos” que aparecen a última hora a sacar tajada. Él los miraba feo y muchas veces se hacía el dormido, incluso antes de que lo saludaran, porque nunca le gustó que lo vieran así, destruido por fuera y perdiendo su fuerza por dentro.
Pasaban mucho tiempo juntos, a veces ella le pedía que le contara historias, a veces ella le leía algún libro que a él le gustara, otras veces ella con el fin de animarlo, le pedía ayuda con sus crucigramas sabiendo bien que en ese estado poco atinaría a dar respuestas adecuadas, pero así sentía ella que le demostraba que aún lo necesitaba, que no se le fuera a ir todavía.
También comían, con ella él si comía, decía su cuñada. Tomaba su “malteadita” que no era más que un batido de esos que venden para nutrir viejitos, se tomaba uno que otro jugo y a veces intentaba comer sólidos, plátano maduro con queso era su favorito y ella le daba, hasta un día que él se ahogó y ella tuvo que gritar a todo pulmón para que alguien en la casa corriera a ayudarla porque ella sola no estaba logrando desatorarle la garganta. Hasta ese día, hasta huevo frito le había preparado ella, aunque era vegetariana y lo odiaba, porque era más importante meterle algo de alimento a esa pancita que cada vez se hacía más chiquita. Desde que se ahogó no le insistió más con sólidos y se dedicó a intentar embutirle líquidos para que no de deshidratara. Con ella era más fácil cuidarlo pensaba su cuñada, a pesar de tener enfermeras cuidándolo todo el día y toda la noche.
Y era coqueto, de las enfermeras se dejaba bañar, afeitar, arreglar las uñas, todo, hasta cantaba con ellas cuando le ponían sus canciones viejas en uno de esos radios pequeñitos que mantenía a su lado en la cama o en un celular. Lo de los radiecitos nadie nunca lo entendió, tenía siempre dos o tres consigo en su maletín de cuero, otros en su
mesa de noche y ni hablar de la cantidad que tenía en su oficina. Se entonaba cantando con ellas, se dejaba embadurnar de crema de manos, se dejaba hacer de todo. La tapa fue el día que ella lo vio tirarle un beso de despedida a una de ellas. Nunca en su vida lo vio demostrarle afecto ni a la tía -su esposa-. Ese día pensó que el tío definitivamente estaba muy deschavetadito porque de otra forma eso nunca hubiera pasado, si hasta para saludarla a ella era seco. La tía llegó a reprocharle un día su falta de demostraciones de afecto, pero es que uno criado pobre, montañero y con una mamá más brava que un militar, antes fue que aprendió a querer a su manera.
“Agh”, era la única respuesta que sabía dar cuando le hablaban de un tema que no cabía en su sistema, y a Ia tía no le quedaba más opción que dejar a un lado su intento de echarle cantaleta y resignarse a la forma de querer de su marido.

Las enfermeras eran bonitas y muy amables, le devolvieron a la familia una pizca de esperanza al verlo mejorado, pero a los viejitos como él no se les olvida quien los quiere de verdad y por eso a ella le hacía tanto caso. Era su niña y toda la vida había hecho lo que a ella le daba la gana, sólo que ahora tenía 30 años y un verbo bien creado para hacerse obedecer de él sin darle mucho tiempo para protestar. Tal vez por eso ella dejó tirado hasta el trabajo y se instaló junto a él, porque un cascarrabias macho alfa criado de la nada es muy difícil de dominar y si no lo hacía ella, alguien más lo iba a intentar a regañadientes, y seguramente hubieran sido menos entretenidos sus días antes de terminar hecho polvo dentro de una bolsita de tela en una cripta de esas frías y feas donde ponen a sus muertos los que tuvieron plata para pagar.
Share: