26.2.19

El cadáver de su tío

Ella peleaba con el cadáver de su tío, intentando cerrar su boca, pero el terco la volvía a abrir.
“A ver pues, cierre la boca”, pero se volvía a abrir.
“¡Que así no, que la cierre pues!”
Le echaba cantaleta, lo intentaba y lo intentaba, como si distrayéndose con la boca del muerto podía contener la tormenta que se acababa de intensificar en su interior. Recordó que a su tía le pusieron un pañuelo para cumplir la misión de cerrarle la boca y con ayuda de la enfermera de turno le puso el pañuelo, pero el berrraco pañuelo se corría de sitio y la boca regresaba a su indeseada posición.
“Ah, es que los muertos se ven muy feos con la boca abierta, parece como si se hubieran ido asustados”, era su excusa para seguir molestando al cuerpo inerte de la figura masculina más significativa de toda su vida.
Segundo tras segundo se iba configurando un episodio surrealista, de ver como si el aire fuera ondas lentas y opacas dirigiéndose en todas las direcciones, de mezclar sonidos y palabras con la lluvia y la resignación confusa, de responder con la mente en negro, de vomitar sin nada por dentro, de respirar tan suave que pareciese que el cuerpo quisiera apagarse también.
Ella vio como todo a su alrededor se envolvió en un remolino caótico y lentamente se fue menguando hacia la inexplicable calma de quienes pierden todo y han entrado en un estado de inercia mental.
A él no le tomó fotos, a su tía al morir sí, pero a él no, no se supo por qué. Tal vez porque en la habitación había dos cámaras espías grabando constantemente, y seguro en el fondo pensó que de ahí podría pegarse si algún día quería volverlo a ver en ese último momento en que lo vería físicamente, como si ver una foto de un ser amado justo al morir pudiera servirle de algo diferente a moverle las tripas y abrirle las compuertas a las lágrimas, como si fuera posible borrar de su mente ese momento, esa imagen, esa escena desgarradora como todas las muertes que, aunque anunciadas, se espera que no lleguen nunca.
Y es que cuando se murió la tía todos pensaron que detrás se iba él, porque duraron 21 años de novios y 33 de casados, pero la terquedad de un buen montañero y las ganas de vivir lo dejaron en la tierra por 7 años más. Se veía deteriorado, sí, pero era tan fuerte que seguía sus rutinas, así cada vez viera menos y oyera un poquito más que un sordo, se demoró mucho tiempo en mostrarle al mundo que se estaba quebrantando.
Por eso cuando se puso flaco, desgarbado y de color amarillo, y ella lo llevó a las malas a la sala de urgencias del hospital, todos se asustaron tanto, porque a pesar de lo viejo nunca lo vieron enfermo con algo más que una simple gripa, porque los criados a punta de agua panela y mazamorra nunca se apestan. A las malas porque la cuñada lo llevó unos días antes a otro hospital y se le devolvió para el carro, que porque las sillas eran muy incómodas y él no iba a esperar a que lo atendieran.
Era un grande, no de tamaño porque medía un poco más de metro y medio, pero el espíritu y las ganas de ayudar a todo el mundo no le cabían en el cuerpo, era un “alcahueta crónico”, especialmente con ella. No era su papá, no biológico por lo menos, pero era su papá en realidad. A él le hacía más caso que a cualquiera, a él y a la tía, y no sólo ella sino la familia entera, porque eran la pareja alfa, la cabeza sin descendencia, como un rey y una reina a su extraño modo.
-------------
Fueron muchas mañanas y aún más las tardes que ella estuvo evitando que se le acercaran los buitres, que parecían oler el acercamiento de la muerte y día tras día aparecían de a uno o en manada, sin avisar, para atacar su espíritu decaído, intentando sacarle lo poco que le quedaba de dinero o alguna propiedad. Él había sido muy rico y esos buitres seguramente estaban convencidos que en esos últimos meses lo seguía siendo, porque le hacían insinuaciones descaradas que la hacían estremecer, insultarlos mentalmente y preparar su opinión para dársela a él en el momento indicado después de que esos asquerosos se fueran.  Ella lo protegía, así como él la había protegido desde antes de nacer.
“Ya llegó otro de estos desgraciados a drenarle lo que le queda cual vaca a la que le sacan hasta la última gota”, pensaba cuando escuchaba a alguien saludar a la entrada de la casa, e inmediatamente se acomodaba mejor en la silla reclinable que había junto a su cama, para evitar que uno de ellos se sintiera cómodo y se quedara mucho tiempo hablándole pendejadas.
Es que esa gente que se siembra en una silla a visitar a una persona enferma no tiene consideración alguna, uno bien maluco, con dolor hasta en el pelo y otro al lado hable que hable, como si un paciente terminal tuviera interés en las vidas de los “chupa tintos” que aparecen a última hora a sacar tajada. Él los miraba feo y muchas veces se hacía el dormido, incluso antes de que lo saludaran, porque nunca le gustó que lo vieran así, destruido por fuera y perdiendo su fuerza por dentro.
Pasaban mucho tiempo juntos, a veces ella le pedía que le contara historias, a veces ella le leía algún libro que a él le gustara, otras veces ella con el fin de animarlo, le pedía ayuda con sus crucigramas sabiendo bien que en ese estado poco atinaría a dar respuestas adecuadas, pero así sentía ella que le demostraba que aún lo necesitaba, que no se le fuera a ir todavía.
También comían, con ella él si comía, decía su cuñada. Tomaba su “malteadita” que no era más que un batido de esos que venden para nutrir viejitos, se tomaba uno que otro jugo y a veces intentaba comer sólidos, plátano maduro con queso era su favorito y ella le daba, hasta un día que él se ahogó y ella tuvo que gritar a todo pulmón para que alguien en la casa corriera a ayudarla porque ella sola no estaba logrando desatorarle la garganta. Hasta ese día, hasta huevo frito le había preparado ella, aunque era vegetariana y lo odiaba, porque era más importante meterle algo de alimento a esa pancita que cada vez se hacía más chiquita. Desde que se ahogó no le insistió más con sólidos y se dedicó a intentar embutirle líquidos para que no de deshidratara. Con ella era más fácil cuidarlo pensaba su cuñada, a pesar de tener enfermeras cuidándolo todo el día y toda la noche.
Y era coqueto, de las enfermeras se dejaba bañar, afeitar, arreglar las uñas, todo, hasta cantaba con ellas cuando le ponían sus canciones viejas en uno de esos radios pequeñitos que mantenía a su lado en la cama o en un celular. Lo de los radiecitos nadie nunca lo entendió, tenía siempre dos o tres consigo en su maletín de cuero, otros en su
mesa de noche y ni hablar de la cantidad que tenía en su oficina. Se entonaba cantando con ellas, se dejaba embadurnar de crema de manos, se dejaba hacer de todo. La tapa fue el día que ella lo vio tirarle un beso de despedida a una de ellas. Nunca en su vida lo vio demostrarle afecto ni a la tía -su esposa-. Ese día pensó que el tío definitivamente estaba muy deschavetadito porque de otra forma eso nunca hubiera pasado, si hasta para saludarla a ella era seco. La tía llegó a reprocharle un día su falta de demostraciones de afecto, pero es que uno criado pobre, montañero y con una mamá más brava que un militar, antes fue que aprendió a querer a su manera.
“Agh”, era la única respuesta que sabía dar cuando le hablaban de un tema que no cabía en su sistema, y a Ia tía no le quedaba más opción que dejar a un lado su intento de echarle cantaleta y resignarse a la forma de querer de su marido.

Las enfermeras eran bonitas y muy amables, le devolvieron a la familia una pizca de esperanza al verlo mejorado, pero a los viejitos como él no se les olvida quien los quiere de verdad y por eso a ella le hacía tanto caso. Era su niña y toda la vida había hecho lo que a ella le daba la gana, sólo que ahora tenía 30 años y un verbo bien creado para hacerse obedecer de él sin darle mucho tiempo para protestar. Tal vez por eso ella dejó tirado hasta el trabajo y se instaló junto a él, porque un cascarrabias macho alfa criado de la nada es muy difícil de dominar y si no lo hacía ella, alguien más lo iba a intentar a regañadientes, y seguramente hubieran sido menos entretenidos sus días antes de terminar hecho polvo dentro de una bolsita de tela en una cripta de esas frías y feas donde ponen a sus muertos los que tuvieron plata para pagar.
Share: