15.11.19

Crímenes callejeros

Una madrugada cualquiera empezaron a llegar reportes a la policía de indigentes muertos encontrados en las calles. La policía de la ciudad, ocupada en sabrá ella qué cosas, mandó a recoger los cadáveres para hacerles el proceso de notificación a los familiares -de los que encontraran-, pero no se molestó en abrir investigación alguna. La muerte de un indigente no amerita mayor molestia, se notifica, se entierra y listo, “muerto el perro se acabó la rabia”, como dicen. Atribuyeron los hechos a la oleada de lluvias fuertes que se habían estado presentando en la ciudad, al consumo excesivo de sustancias tóxicas, a que así lo quiso Dios, o a la vida misma. 
No fueron muchos, nadie preguntó por ellos, los periodistas ni se mosquearon en reportarlo, fueron un montón de muertos ignorados, tanto como habían vivido sus vidas en la calle. 
La ciudad era grande, una metrópolis en el “país del sagrado corazón”, llena de gente, de carros, de ruido, de mugre, de violencia, de caos y peligros. En ella los oficiales del cuerpo de policía parecían no dar abasto, porque cada vez que alguien reportaba un robo o un crimen, ellos aparecían horas después, cuando ya la víctima había sido tranquilizada a punta de calmantes, o cuando el ladrón ya había tenido tiempo de vender lo que fuera que hubiese robado. 
De vez en cuando aparecía un indigente muerto, reportado por algún colega suyo a las respectivas autoridades, quienes hacían lo mismo de siempre, es decir, enterrarlo y nada más. Los únicos que se preocupaban -momentáneamente- eran los mismos habitantes de la calle. Algunos se asustaban el tiempo que el pegante se demoraba en hacer efecto, otros eran paranoicos y se empecinaban en vociferar a sus vecinos que había plagas que el gobierno había creado para deshacerse de ellos, y otros simplemente no hacían nada, ni les importaba. 
La delgada línea entre la vida y la muerte a menudo es cruzada por estos seres humanos que por alguna razón han encontrado en las calles el refugio donde esperar a que finalmente el tiempo se les acabe y la muerte los alcance. Morir realmente no los asusta porque para la mayoría, vivir como su día a día suena peor que no vivir más. 
Otra madrugada fría cualquiera, se llenó la policía de llamadas avisando que se habían encontrado cadáveres de indigentes regados por toda la ciudad. Más de veinte. Esta vez la policía no pudo hacer caso omiso de los crímenes y al señor jefe le tocó abrir una investigación. Ya no se podía culpar la lluvia, ni la droga, ya había algo que no encajaba porque los genocidios no ocurren por obra y gracia del que ya sabemos. 
Se tomaron el tiempo de hacer autopsia a cada uno de los cadáveres y a los forenses les costó muchísimo aislar el culpable de dichos crímenes, porque la cantidad y variedad de sustancias y cosas que había en esos cuerpos era exagerada. Supieron que tenían que buscar en el interior de los cuerpos porque a pesar de que las heridas que algunos mostraban eran de considerar, no todos las presentaban. Algunos tenían heridas de bala, cortes profundos, objetos enterrados en sus cuerpos, moretones y contusiones. Las riñas en las que los habitantes de la calle suelen encontrarse pueden tornarse muy violentas, pero esa no podía ser la razón de tanto difunto al mismo tiempo, a no ser que se hubieran encontrado todos a darse golpes hasta la muerte, lo cual no podía ser porque los cadáveres no estaban concentrados en un solo punto de la ciudad. 
Pasaron días y en las noticias habían dejado de mencionar el tema de los asesinatos. Él se sentía satisfecho, creía firmemente que lo que estaba haciendo era una obra de caridad para los habitantes de la calle y para la ciudad. Para él, los indigentes eran errores de dios que debían ser enmendados, como un residuo que quedaba de la creación de hermosas sociedades que debía ser limpiado. La basura, lo que nadie quiere ver, lo que nadie quiere lidiar, él se estaba haciendo cargo. 
En su mente lo habría finiquitado de no ser porque se sintió tan contento de avanzar en su misión, que decidió llamar a varias emisoras para exponer su aprobación y apoyo a dicha “labor de limpieza”. Estaba tan comprometido con su causa, tan enceguecido por su verdad que no pensó que, predicar a viva voz las razones y las ventajas que veía para la sociedad lo que estaba pasando con los habitantes de la calle, podría suponerle un problema. 
El reporte de los hallazgos en los cuerpos fue emitido en todos los medios de comunicación en la ciudad. En todos ellos se encontraron restos de sánduches que habían sido envenenados para causar rápidamente la muerte de estas personas que, ilusamente, recibían con gran agradecimiento el gesto del extraño. Para ellos eso era común y para él era normal eliminarlos sin mucho sufrimiento, porque defectuosos, pero obra de su dios al fin y al cabo. 
La situación creó enfrentamientos de opiniones públicas, como siempre pasa en todo lo que pasa. Algunos parecían estar de acuerdo y hasta ofrecían llevar a algún lugar ingredientes al autor para ayudarlo, en cambio otros se mostraban fuertemente indignados y pedían a la policía actuar rápidamente para detener los asesinatos. 
Una madrugada como cualquier otra, en la policía se recibieron llamadas de ciudadanos mostrando gestos de felicitación y en las noticias de última hora informaron que en la noche anterior, agentes habían entrado por la fuerza a la casa del loco que hacía sánduches y los repartía a cuanto indigente se encontrara a su paso por la ciudad.
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