15.11.19

Cualquiera menos él


Él no era el tipo de personas que cuando la cagan, los demás dicen que lo veían venir o que era de esperarse. Había sido tan buena gente durante toda su vida que, cuando se destapó el daño, pocos podían creer que hubiese podido ser él. Muy pocos dijeron que se veía venir, no falta el amarillista que encuentra en todos algo tan podrido como su propia mente. La mayoría quedaron asombrados.

Tenía buenos amigos, no muchos, aunque en su medio era popular, pero eran muy buenos. Venía de una familia disfuncional -como es normal-, papás divorciados, hermanita pequeña, un perro de animal de compañía que el papá le había comprado a la niña, cuando supo que se tendría que ir de casa, para mantenerla entretenida en su ausencia. La mamá se había enfocado agresivamente en las plantas abandonadas que tenía en el balcón, tal vez era como si al revivirlas pudiera revivir esa parte que se moría con la separación. Y él se había dedicado a trabajar en su taller, día y noche producía y producía arte sin descanso, porque ya estaba grande y sabía que iba a tener que ponerse los pantalones para lograr aportar esa dosis de testosterona que iba a ser necesaria en la casa, para mantener alguna especie de equilibrio, al lado de dos mujeres que estaban empezando a vivir como no habían vivido nunca, porque los papás se juntaron tan jóvenes que a la mamá se le había olvidado vivir sin el papá tras veintisiete años de matrimonio.

Cuando salía del taller a vender sus obras de arte le iba muy bien, porque no era como esos pobres artesanos que salen a mendigar tres pesos por sus trabajos, no, este conocía su valor y tenía buen verbo y muy buenos contactos que le ayudaban a correr la voz de una nueva venta de su obra abierta al público.

Había en su vida una mujer con quien no mantenía algo serio, aunque la dejaba decir a la gente que era su novia, no se sabe si por querer sentirse parte de algo más o por ahorrarse los berrinches de ella. Cuando uno tiene tanta batalla para lidiar prefiere dejar que lo insignificante pase desapercibido en su mar mental.

A una de sus exposiciones relámpago llegó su papá caminando con una muchacha muy joven pegada de su brazo. Se la presentó como una amiga, pero él supo que esa manera descarada de sonreír juntos era una complicidad que mostraba más que una amistad. Estaba conociendo a la nueva mujer de su papá, quien recientemente había dejado su casa, donde vivía con su familia y sintió que la sangre se le recalentó en el cuerpo y lo recorrió con fuerza, galopando como un caballo que se siente amenazado y necesita escapar.

A su “novia” le dijo que con lo que había ganado vendiendo sus esculturas tenía pensado viajar unos días a algún lugar tranquilo, una montaña o una playa, para liberarse un poco de su desbaratada familia y renovar su arte. Ella entendió que no estaba invitada al retiro y que lo volvería a ver a su regreso, como él le aseguró.

Se consiguió una cabaña a dos horas de la ciudad en una zona montañosa, un lugar muy amplio, lleno de árboles y plantas de la región. Muy bonito y, sobre todo, muy solo, era justamente lo que quería, lo que sentía que necesitaba para descansar.

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Ella estaba distraída leyendo anuncios en la pared del elevador mientras bajaba al piso uno para ir a su coche, la puerta se abrió y entraron tres hombres, ella se exaltó y pensó en bajarse pero al darse cuenta que aún no llegaba al piso que necesitaba, los saludó con una sonrisa y se concentró mirando su teléfono, estaba a tiempo para ir a encontrarse con su novio en un café que habían inaugurado recientemente en una callecita pequeña y recóndita de la ciudad, de esas que siempre que uno las conoce lo hacen sentir mejor y hasta más culto. Una calle hermosa con un nuevo café era el sitio perfecto para disfrutar juntos su compañía, sin miradas recriminatorias de personas que conocían a su novio como un hombre de familia y no como la pareja de una jovencita.

La tomaron por sorpresa, tanto que no se dio cuenta cuál de los tres la agarró por la espalda, cuál de los tres le puso algo como una bolsa de tela negra en la cabeza, ni cuál de los tres detuvo el ascensor mientras ocurría rápidamente el ataque. No tuvo tiempo de pensar, tampoco de gritar, solo pudo respirar el aire amargo que se filtraba a través de la tela que se adhería a su boca en cada inhalación.

Cuando despertó estaba en una habitación iluminada, el aire era frío, a su alrededor no había nada, estaba amarrada a una silla y se sentía mareada, con el cuerpo pesado, similar a lo que se siente al despertar después de una cirugía. Afuera de las ventanas podía ver árboles y plantas, le parecía un paisaje común de la región donde habitaba, pero no veía nada que le diera más indicaciones. Intentó moverse, pero las sogas que la detenían estaban atadas firmemente y no se movieron ni un centímetro, quiso llorar, quiso gritar, estaba muy asustada, no entendía qué estaba pasando, mucho menos por qué estaba pasando. Tenía un breve recuerdo de los tres hombres que la habían atacado, pero no los conocía, entonces no encontraba sentido a la situación en la que estaba metida. Metida, si, como la metieron en una maleta de un carro, como se había metido su novio en su vida, sin permiso, sin aviso, sin más ni más.

Perdida en el tiempo por fin lloró desesperada, intentó gritar, pero la voz no le salía con mucha fuerza y de tanto tratar de liberarse sentía sus brazos y sus piernas lastimadas. Como un animal recién capturado, enloqueció amarrada en esa silla que era su jaula, sacudiéndose con fuerza sin lograr nada más que lastimarse. Finalmente se cansó y resignada decidió dejar de luchar.

Tenía el cabello castaño, largo, no era muy flaca, tampoco muy alta, sus ojos eran hermosos y su sonrisa amplia mostraba unos dientes muy bonitos. Uno que otro lunar adornaba su cuerpo y en conjunto era una mujer hermosa, muy normal, hasta sencilla en su forma de vestir, descomplicada porque para complicaciones ya tenía la vida misma, especialmente desde que conoció a ese hombre que era muchos años mayor que ella, pero que entró en su vida con deseos de conquistarla, cautivándola con su experiencia y su juego con ella.

Pensando en todo y en nada la encontró un hombre joven, sentada en la silla en que la había amarrado, desgastada, lastimada, con la cabeza sobre el pecho, con apariencia destrozada. Entró por una puerta que ella no podía ver porque estaba detrás de ella y caminó despacio, sin decirle nada se acercó a ella y la vio estremecerse cuando sus ojos se encontraron, reconocerlo le había infundido terror en la mirada, en vez de tranquilidad. Sollozando le preguntó por qué ella estaba ahí, qué estaba pasando. Sólo lo había visto una vez en una de sus exposiciones y no lo conocía realmente porque su padre no hablaba mucho de él o de su familia, pero le pidió ayuda, con toda la esperanza puesta en que él fuera su salvador, se podía haber imaginado ser víctima de cualquiera, cualquiera menos él.

Semanas más tarde regresó a casa con obras nuevas, frescas, renovadas, las mejores que había hecho en su vida, listas para ser vendidas.

Nadie supo nunca por qué la novia del papá no volvió, ni tampoco por qué en sus esculturas percibían un aire de color granate que le daba un toque especial de “vida” a cada obra.
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