viernes, 17 de mayo de 2019

El niño inmigrante


La noche estaba oscura, más de lo que le había parecido en su vida. El mar estaba picado, grandes olas los sacudían y los demás casi gritaban por los bruscos movimientos. Él iba refugiado en los brazos de su madre, mirando al cielo, intentando buscar estrellas que se pareciesen a las que veía en su casa, pero poco lograba ver fuera de nubes grises, casi blancas, que cubrían el cielo que, desde donde se escondía, alcanzaba a mirar.


Pensaba en su casa, de donde habían partido un día sin mucho equipaje y sin recibir mucha explicación, porque al menos a él no le habían dicho nada más que se abrigara bien y llevara consigo su muñeco favorito, pero eso era normal en sus padres, siempre le daban órdenes y a él no le daban mucha oportunidad de protestar. Obedeciendo se puso ropa abrigada y buscó a Munra, su propia momia hecha de retazos de trapos viejos que había ido consiguiendo en las calles de su pueblo y siguió a sus papás hacia la terminal, donde vería por última vez el polvo y el caos de su pueblo natal.


Llevaban muchos días de travesía, en los que entre lamentos podía escuchar a sus padres hablar de la nueva vida que comenzarían al llegar a su destino, no antes, como si todo lo que habían vivido hasta su partida no contara, como un sueño, o mejor una pesadilla.  Él no entendía bien, su niñez había sido como la de todos los niños que conocía, a pesar de la violencia y los gritos que tan a menudo lo hacían correr para buscar refugio en casa, donde siempre encontraba amor, pan para compartir y juegos para inventar. Nunca se había sentido especial ni damnificado, ni pobre ni desafortunado. No se imaginaba por qué habían dejado todo atrás y ahora estaban en una lancha en medio de la noche, rodeados de extraños que desde hace días se habían empezado a bajar para quedarse dormidos en el mar.


Habían llegado a una tierra bonita pero extraña, veía muchas cosas de muchos colores y personas con caras muy diferentes que hablaban en idiomas desconocidos y lo miraban como a bicho extraño, a él y a sus papás. Seguía sin entender, pero abrazado a Munra caminaba lo más rápido que podía para mantenerse junto a sus padres, quienes iban buscando entre personas indicaciones, seguramente para llegar a ese destino desconocido en donde sus vidas por fin comenzarían.


Luego de lo que sintió como varias horas de recorrido entre el espesor de la selva, encontraron en medio de la nada un espacio donde descansar un rato, comieron unos trozos de pan que llevaban consigo y se recostaron entre sombras, muy juntos, tal como lo hace una familia asustada en un lugar extraño. Su mamá le susurraba canciones para dormir y él, sin mucho esfuerzo cayó profundo.


Su papá lo despertó poco tiempo después y aunque no sabía exactamente cuánto había dormido se sentía aún cansado, pero el afán que vio a su alrededor lo obligó a incorporarse para continuar caminando junto al grupo. Su mamá le daba ánimos para avanzar, sin embargo, él desconfiaba de su expresión porque ya la había visto varias veces en su tierra natal, cuando la veía asomarse por la puerta de la casa gritándole que corriera adentro porque se escuchaban bombas estallar cerca.


Rápidamente llegaron a una pequeña playa, donde unos hombres los esperaban en un bote. Acosados por los dos hombres se subieron y lentamente el bote se fue apartando de la escondida arena hacia la inmensidad de la oscuridad. De nuevo un bote en la noche, de nuevo caras cansadas de temor, de nuevo distintas voces se escuchaban bajito, de nuevo el sonido de las olas golpeadas por la lancha, de nuevo un cielo gris sin estrellas. Él no lograba ver hacia dónde los llevaban, no había ninguna luz iluminando el camino, pero en la cara de su madre vio una luz de esperanza que lo mantuvo tranquilo, arropado en el suelo aferrado a Munra.


Inventando formas en las nubes pasaba el tiempo, pero de repente algo salió mal, pues se escuchó a uno de los hombres que manejaba el bote gritarle al otro, quien respondió gritando desesperado, alterando a todos los tripulantes, quienes rápidamente miraron hacia donde señalaba alterado el conductor y pudieron percibir el peligro inminente. Iban a gran velocidad contra un enorme acantilado, tan oscuro y tan cerca que había sido imposible verlo sin luz y evitarlo. 


Él no entendía que no había forma de escapar, tampoco entendía por qué los demás estaban saltando desesperados del bote hacia el oscuro mar, mucho menos imaginaba que estaban frente a un choque mortal. Miró a sus papás, que lo abrazaban con fuerza y rezaban con fervor cuando escuchó un ruido fuerte y sintió una sacudida que lo separó de sus padres y lo lanzó al mar. Voces desesperadas, gritos, llantos y clamores se escuchaban con fuerza, él en medio del pánico que lo embargó buscó a sus padres, pero la oscuridad del cielo y el mar no permitieron que los viera. Movía rápidamente sus piernas y brazos, pero cada vez le costaba más mantenerse a flote hasta que el cansancio lo obligó a dejarse llevar por el abrazo frío de una muerte en altamar, lejos de sus papás, lejos de su pueblo, lejos de Munra. Sin entender nada fue una víctima más de los peligrosos viajes de inmigrantes que arriesgan todo para llegar con sus ilusiones a una tierra extraña y ajena con la esperanza de vivir, aunque sea, en paz.


Días de búsqueda de la guardia costera dejaron como resultado restos de una lancha destrozada, cadáveres flotando esparcidos en el mar y una pequeña momia de trapo abrazando rocas en la base del acantilado. Al niño nunca lo pudieron encontrar, a Munra nunca volvería a abrazar.

sábado, 6 de abril de 2019

Voces ahogadas


En la oscuridad de la playa caminaba sin rumbo, respirando, en un intento de conectarse con su interior para calmar tantas ideas que pasaban rápido, en sentidos contrarios, como en un enfrentamiento entre pandillas. Una balacera de ideas de cualquier calibre, sin mucho objetivo más que aumentar el ruido desesperante con el que aún no había podido aprender a lidiar.


Pocas estrellas se veían, pero no se percataba de ello. La obscuridad no la detenía porque su paseo era tan inconsciente que solo podía percibir su despelote interior. No había Luna, pero si había brisa golpeándole la piel, obligándola a abrazarse para cubrirse un poco del frío que sentía, aunque eran movimientos involuntarios, como cuando el corazón palpita.

Llevaba tantos años huyéndose a si misma que cuando menos pensó, colapsó tanto que ahora tenía el cuerpo deteriorado, la pobre iba por la vida como un robot, o mejor como un zombi, automatizando acciones, ignorando emociones, viviendo sin vida por dentro.


Ya le habían dicho los pocos amigos que le quedaban que debería dedicarse un rato a cuidarse a sí misma en vez de estar trabajando sin descanso en esa aburridora fábrica de estampillas, un lugar que le quitaba tiempo y energía y a cambio le daba sustento y enormes períodos de hacer lo mismo sin descanso. Es que de tanto hacer todo sin pensar, se le fue olvidando pensar, en cualquier cosa, incluso en las cosas en que se debe pensar.

Se veía dejada, ojerosa, delgada, como se ven esas personas a quienes la vida las han golpeado tanto que están en el límite del desgaste, como un enfermo terminal que no está enfermo, pero ella sí que parecía terminal.  


Para ella no era tan extraña su apariencia porque en la fábrica muchos tenían aspecto similar, pero fuera de ese entorno la miraban con lástima, especialmente quienes le tenían aprecio, y es que su vida en escala de grises se había apoderado de su interior y se reflejaba en su aspecto de una manera deprimente a la vista.


Ensimismada, daba tumbos entre las rocas y la arena, lo suficiente para fruncir aún más el ceño, pero no para prestar atención a sus pasos, y así continuó hasta encontrarse caminando en un espolón que había quedado descubierto por la marea baja, atraída sin darse cuenta por la luz de un pequeño faro que levemente señalizaba la cercanía de la costa a las embarcaciones que transitaban por la zona.


La brisa se hacía más fuerte, aunque sólo su piel lo percibía. No sabía ella nada de mareas, mares ni corrientes, lo único que conocía eran estampillas y el ruido de su mente que casi nunca se callaba, recriminándole por gastar su tiempo así, lleno de monotonía, de vacío, de nada.


De tanto andar hipnotizada no se dio cuenta que la marea había empezado a subir, que el espolón había dejado de ser camino de regreso y que ahora estaba atrapada, más que en su mente, en unas cuantas rocas que sobresalían del mar y se escondían cada vez que las olas reventaban contra ellas, mojándola con su paso violento.


Si hubiera querido, no podría haberse fabricado un final más perfecto. Poesía pura era el desenlace de una vida invisible, perdida en la oscuridad, destrozada por la fuerza del mar contra las rocas, tan destructivo como su caos mental. Nadie la vería jamás, nunca más sus voces le volverían a recriminar.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Limpieza hepática y la madre que la parió

Mi novia de vez en cuando sale con ideas locas. A continuación el relato de la última:

Fue donde su nutricionista y cuando llegó a casa me contó su nuevo plan de alimentación y un pequeño detalle, debía hacerse una limpieza hepática antes de empezar su nueva forma de alimentarse. Me lo contó y yo, como siempre, después de escucharla hice la respectiva cara de asco y de rechazo ante la idea. Creo que la cosa se quedó por mi parte así, aunque conociendo a Natalia, seguro le siguió dando vueltas y comentándome el asunto.

Quedó de averiguar el kit de limpieza al día siguiente para comprarlo y empezar.

Al día siguiente volvió a surgir el tema de la dieta y la bendita limpieza y me dijo: "¿es que tú no la vas a hacer conmigo?" y yo, no sé en qué momento ni bajo qué clase de raciocinio le dije: "la limpieza si, pero la dieta no".

Hágame el favor, millones de años de evolución para que los humanos tengamos el cerebro y la razonalidad que tenemos ahora, ¡para que el mío salga con semejante cosa! Lo deja a uno tirado cuando más lo necesita, cerebro hijuemadre...

El plan era empezar un fin de semana porque el doctor le advirtió que el último día de la limpieza debía estar quieta, tranquila, relajada en casa.

Pues así pasó la cosa, llegó el fin de semana, compramos los kit (uno para cada una) y decidimos empezar el lunes festivo para poder terminar el domingo siguiente.

Fuimos a comprar todas las cosas que podíamos comer durante esa semana y listo, estábamos "preparadas" para lo que íbamos a vivir, que nos iba a resultar en un hígado limpio, más energía, sin cálculos, menos grasa, bla, bla, bla. La verdad es que yo no tenía ni puta idea en lo que me estaba metiendo...

Día 1 a día 4: tomando una cantidad "normal" de pastillas, no se siente nada diferente, hasta ahora lo único difícil es la dieta, extraño mucho el queso. La leche deslactosada no sabe bien para nada, pero es temporal entonces no le doy mucha mente.

Día 5: al final del día cuatro tuve que aumentar la dosis de una de las pastillas y se puso feo, cólicos miedosos, mis tripas sonaban como si una batalla de orcos se estuviera desarrollando ahí adentro y lo peor es que a Natalia no le pasó nada. Yo tuve que entrar al baño incontables veces y ¡a esta otra ni se le mueve un pelo! Tomo mucho líquido, empiezo a odiar este asunto de la limpieza, me siento sin energía, me duele la panza y ya estoy harta de entrar tanto al baño. Afortunadamente falta poco, porque qué estado tan horrible.

Día 6: en la mañana me sentí un poco mejor, comí bastante porque sabía que era el día del ayuno. Almorzamos ensalada y a partir de las 3 pm sólo podíamos tomar agua hasta el día siguiente, qué asco. 
Hicimos siesta para pasar el tiempo y cuando despertamos sentí morir de hambre y apenas son las 6 pm. Tome agua y hágase la boba. Pronto querré matar a Natalia. Tomo agua, hablo poco, me muevo poco, me falta la energía. Natalia está preocupada por mí, ¿qué diría mi cardiólogo?, pensamos. 
Mejor no pensar mucho en la situación, hablamos bobadas. Es hora de tomar 12 pastillas, en 2 horas tocarán otras 12. Natalia se las toma una por una, qué floja, yo me tomé eso de una y ella no lo podía creer. Decidimos hacer un video para la próxima tanda de pastillas. (les quedo debiendo el link)

Seguimos tomando agua y leyendo el libro del curso de buceo, a ver si nos entretenemos y dejamos de pensar en el hambre.

12 pastillas más, gas.
Natalia quedó con la pancita llena, yo estoy que me como el pelo, pero sigo  tomando agua. 
Quiero matar a alguien. Llevo siete horas sin comer y estoy odiando todo lo que se menea. 
Vemos Netflix, entretenemos el coco a ver si ayuda a no pensar en lo vacío del estómago y en la energía que cada vez se me agota más. Natalia me ha dicho varias veces que coma, pero yo pienso que ya en este punto, después de todo lo que he aguantado, más bien sigo con la limpieza de la madre que la parió. Más le vale a mi hígado que quede reluciente y que las neuronas que contiene queden bien lavaditas. A este paso, mañana levito y escribo una novela.

Tomando 12 pastillas me sentí como una mula, ¿cómo son capaces de aguantar eso? la necesidad y la mentalidad y a saber qué cosas más lo llevan a uno a locuras.

A las 11 pm nos tuvimos que tomar una porquería de jugo de naranja con aceite de oliva, yo hice mi mejor esfuerzo y como si estuviera tomando guaro me mandé eso lo más rápido que pude sin saborearlo. Natalia por otro lado casi se vomita -o vomitó-, no sé, le dio muy duro tomarse eso. Afortunadamente nos debíamos acostar a dormir inmediatamente y eso hicimos, es mejor dormir que aguantar hambre, como hacen los indigentes.
Mis tripas suenan toda la noche, esto se va a poner peor.

Día 7: se destapó pandora, y de tanto entrar al baño me ardía el culo y pensé en pasar el día en el baño, "con el cargador, la botella de agua y el celular puedo estar aquí". ¿Cómo no compramos pañitos húmedos? Juemadre, se han destaqueado nuestras tuberías.
Pudimos comer algo suave, pero sólo para alimentar la bestia que estaba emergiendo de nuestro interior.
Yo que pensé que el día 5 había sido la cagada, el día 7 me sorprendió.
Teníamos que estar tranquilas y fue casi obligatorio, porque al más leve movimiento nos encontrábamos otra vez sentadas en el sanitario...


PD: Cuando le conté a mi cardiólogo me regañó durísimo por haberme sometido a ese proceso, mejor dicho, poquitas cosas buenas puedo rescatar del recuerdo de toda esa hazaña.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Buscando un broche para soltar la mierda

¿Alguna vez te ha pasado que te despertás sintiendo que no tenés nada para qué despertarte?

Es como un enorme wtf, se queda uno en silencio mirando para todos lados, como buscando una ramita en el techo de la que poder pegarse y arrancar con algún sentido la vida.

Me pasa muy a menudo, qué sensación tan deprimente, ¿o será la depresión misma?

Angustiante, a decir verdad.
¿Qué se supone que hace uno?

Yo medito mucho, soy una persona muy consciente de mi misma, de lo que vivo, de lo que siento, de lo que pienso. Me encuentro a mi misma como objeto de estudio en muchas ocasiones, al pensarme fuera de mi puedo encontrar tal vez un poco de soluciones y de reflexiones que me sirven para seguir adelante, pero en casos como este que describí, no tengo la menor idea.

¿Para qué abrí los ojos?, ¿tengo algo qué hacer?, ¿eso que tengo que hacer me hace sentir bien?, ¿útil?, ¿tiene algún propósito?, ¿qué pasa si no lo hago?
¿Da igual si me levanto o no? ¿a quién le importa?

Es como una plomada mental, emocional. Sólo falta encontrar el broche para dejarla caer y liberarse de ella.

De mi no esperen sino cambios

No esperen mucho de mi porque siempre he hecho lo que me da la gana y tengo toda la intención de seguir haciéndolo, sea o no lo que se espera.

A todas estas, qué desgaste esperar...
¿Han visto lo rápido que puede uno cambiar de opinión? ¿de sentir?
Del amor al odio no hay sino dos chulitos azules de diferencia

miércoles, 22 de agosto de 2018

Entre tu odio y tu amor

Entre tu odio y tu amor nada la frustración de todo lo que quisiste que yo fuera y no fui, de todo lo que quisiste vivir conmigo y no fuiste capaz...
¿Cómo seguimos adelante moviéndonos entre dos sentimientos tan fuertes y tan radicalmente opuestos en acciones a tomar?
"Odio todo de vos, ¿por qué te amo?", dice una canción, la recuerdo siempre que pienso en cómo seguir a tu lado o lejos de vos, te recuerdo siempre que la escucho, qué más hago, es inevitable.
Parte de mi te ama derretida, parte de mi quiere que te vayas a vivir al carajo. Se que vos sentís lo mismo.
¿Qué hacemos?

martes, 24 de julio de 2018

Quedé en Tinder con un “desconocido” y llegó el esposo de mi mejor amiga

Pasó lo de siempre, deslizar hacia la izquierda, deslizar hacia la izquierda, este no me gusta, este tampoco, este menos, hasta que llegué a un extraño que se veía bueno en la foto y le puse el respectivo corazoncito para seguir buscando. Un par de horas más tarde me notificaron el “it’s a match” y luego de un corto intercambio de palabras y de fotos, quedamos de encontrarnos en un motel fuera de la ciudad, esa misma noche.

Me fui en Uber, prefiero tomarme unos tragos antes de tener sexo con un extraño y no me voy a “boletear”.  “Si resulta ser un desinfle pues termino mis tragos y me largo en otro Uber, qué problema hay”, pensé. Llegué un par de minutos antes de lo acordado, le escribí para entrar a la habitación y ante su aprobación, entré.
Serví un par de tragos de whisky, uno para mí y otro para él, le avisé el número de la habitación, puse música y empecé a tomar relajada, tenía todavía tiempo de aparecer el desconocido.

Un rato después tocaron la puerta, me miré en el espejo antes de abrir (verificando que me viera bien) y cuando abrí casi me voy de para atrás, no podía creer que quien estaba parado frente a mí, era el esposo de mi mejor amiga.

“¿Cómo así?, ¿vos que estás haciendo acá?” con los ojos muy abiertos alcancé a modular. Él seguía mirándome, sin mostrarse sorprendido en lo más mínimo. “¿Puedo pasar?”, preguntó. “Pues ya que, pasá y me contás qué putas pasa”. Entró y yo todavía en shock, cerré la puerta.

Nos sentamos frente a frente, empezamos a hablar y a tomar whisky. Me contó que mi mejor amiga y él estaban bien, pero que no se estaban comiendo desde hace muchos meses, yo recordé (aunque no muy bien) que ella me había contado algo parecido entonces no me sonó a mentira, y luego me salió con la carreta de siempre, que las ganas de sexo no se le quitan a uno por estar casado y que tenía que buscar por fuera lo que no encontraba en su casa. Eso tuvo sentido para mí, aunque era obvio que él estaba intentando justificarme y justificarse las razones por las cuales estaba usando Tinder y montándole cachos a su mujer.

“Bueno, comete a otras mujeres diferentes a tu esposa, no es problema mío, pero ¿yo por qué? ¿cómo es que hiciste “match” conmigo? ¿de quién son esas fotos que me mostraste?”, le solté las preguntas que todavía no había entendido.

“Yo no pongo fotos mías porque no me puedo echar al agua, son de un man x que encontré en internet. Estaba buscando viejas y vos apareciste ahí, estás buena y pensé que si coronaba iba a ser un polvo el hijueputa”, dijo muy sinceramente, alzando su vaso de whisky para brindar conmigo.

“Gracias por lo de buena”, riéndome le respondí el brindis.

Pasaron un par de horas, seguimos tomando whisky, contándonos historias, cantando y riéndonos desinhibidamente, desarrollando sin darnos mucha cuenta esa complicidad que nació del susto inicial al encontrarnos frente a frente en una habitación de un motel y que permanecería entre los dos para siempre.

“Esta es la cita más rara de todas las que he tenido por cuenta de esa aplicación”, dije yo. “Vos sos la vieja más chimba con la que he quedado para culiar”, respondió descaradamente.
Sin poder evitarlo me dio un ataque de risa, de esa risa pícara, nerviosa, y lo miré fijamente entrecerrando los ojos, como si quisiera adivinar qué pasaría después de esa noche sin importar lo que siguiera a continuación.

El man se paró de su asiento, tomó un trago, dejó su vaso en una mesa que tenía al lado y caminó hacia mí. Me tomó de la mano y me levantó, me miró y me dio un beso. Pude haberme quitado pero la verdad, no me dio la gana de hacerlo.

Nos empezamos a besar, y a medida que nuestros labios y nuestras lenguas se fueron encontrando y conociendo, las ganas fueron creciendo, y la ropa se fue cayendo.

Rápidamente nos empezamos a tocar, sin pudor, sin remordimientos. Creo que el whisky ya se nos había subido a la cabeza porque a mí no me importó tocarlo, no me sentí mal al recorrer su cuerpo entero con las yemas de mis dedos, con mis labios, con mi lengua.

Me tiró a la cama y sonriendo se me montó encima para seguir besándome. De pies a cabeza me besó, me olió, me sintió caliente y me escuchó gemir al rozar con su lengua mi clítoris, me bajó delicioso. Después de venirme vi que tenía una erección provocativa, entonces me monté sobre él y sin ningún reparo le bajé, se lo chupé un rato hasta que sentí que no iba a aguantar mucho más, entonces me senté sobre él, penetrándome completamente.

La amistad más importante que tenía hasta ese momento desapareció de mi mente por completo. Me empecé a mover lentamente, balanceándome sobre él, besándolo de vez en cuando, él me halaba el pelo, me agarraba fuerte la cintura y me tiraba fuerte hacia él para clavármelo con mayor fuerza. Me encantó. Los movimientos fueron haciéndose más veloces y más desesperados, hasta que alcanzamos el clímax.

Él tenía razón, un polvo el hijueputa.

Descansamos un poco, recuperamos la respiración y el aliento y unos minutos después, volvimos a arrancar. Me mojo al recordarlo, lo hicimos por varias horas, en todas las posiciones que me sabía y en las que no. Qué cagada con mi amiga, pero su esposo ha sido una de esas sexiadas inolvidables.

Cuando llegó la hora de irnos, estábamos tendidos en la cama, respirando agitadamente, rendidos de cansancio y de placer. Decidimos detenernos y volver cada uno a su casa, satisfechos y sonriendo. No había manera de negarlo, el daño ya estaba hecho.